Llevar y distribuir el agua a los lugares alejados de las fuentes de agua
fue el principal problema que tuvieron que afrontar todas las culturas.
Al no existir manera de purificar el agua, había que trasladarla desde
lugares lejanos. Ya los sirios y sumerios construyeron caños de albañilería
para transportar el vital elemento hacia sus ciudades. Uno de los acueductos
de
Jerusalén tenía más de 32 kilómetros de extensión, atravesaba tramos
excavados en la roca y en los terrenos bajos lo sostenían enormes puentes.
En Europa, los griegos fueron los primeros en construir acueductos, pero
-sin lugar a dudas- los más famosos constructores de estos sistemas
fueron los romanos. Diez acueductos suministraban agua a la antigua
ciudad de Roma, unos 140.000 m3 de agua al día. En la actualidad, se encuentran
porciones de ellos que todavía están en funcionamiento y proporcionan
agua a las fuentes de la capital italiana. Los antiguos romanos también
construyeron acueductos en otros lugares de su imperio, muchos de los
cuales se mantienen todavía en buen estado: el acueducto sobre el canal
de Francia; el de Segovia, en España y el de Éfeso, en Turquía. En la
América precolombina, los indígenas
demostraron ser grandes ingenieros hidráulicos. Los
mayas, aztecas e incas construyeron acueductos y canales para regar
sus parcelas cultivadas y para el uso de sus habitantes. Cuando los
españoles llegaron, las ciudades tenían verdaderas redes de agua corriente
que provenían de ríos y manantiales. Incluso también tenían un precario
sistema de cloacas. Algo desconocido en esa época en Europa. El invento
de la bomba hidráulica en Inglaterra -a mediados del siglo XVI-
impulsó las posibilidades de desarrollo de estos sistemas de distribución
de agua. En Londres, la primera obra de bombeo de agua se finalizó en
el año de 1562. Se bombeaba agua a un embalse a unos 37 metros por encima
del nivel del río Támesis, y desde el embalse se distribuía a los edificios
vecinos a través de tuberías aprovechando la fuerza de gravedad.
| ¿SABIAS
QUE...? |
La
Cañada
Córdoba
creció a la vera del río Suquía (antes llamado río Primero)
y junto a un pequeño arroyo que en épocas de grandes lluvias
inundaba vastos sectores de la ciudad: la Cañada. Por
esta razón, en 1941, este curso de agua -aparentemente inofensivo-
fue encausado entre muros de piedra y atravesado por varios
puentes. En estos años corrió varias veces el peligro de ser
cubierta para hacer estacionamientos de autos, pero ninguno
de los funcionarios que hizo el intento tuvo éxito ya que,
con el tiempo, la Cañada se convirtió en una imagen característica
de la capital cordobesa. |
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